27 de septiembre de 2011

PLAYA


Me siento débil cuando estoy sin ti,
y me hago fuerte cuando estás aquí
sin ti yo ya no sé qué es vivir
mi vida es un túnel sin tu luz.
“Nada valgo sin  tu amor” - Juanes

Convencido completamente por sus amigos, Luis decidió decirle a Sandra que estaba enamorado de ella. Pequeño enredo en el que se envolvió el día en que estresado por las tareas escolares del 5to año de la secundaria quedó con un par de amigos para ir a la playa en el tibio mes de octubre; irían en bicicleta para ahorrar en pasajes, pues el presupuesto de los tres andaba caído por los suelos. A don Luis Marquina, padre de Lucho, no le pareció mala la idea y le llamó “sana diversión” al recordar aquellos tiempos añorables en los que él hacía lo mismo con sus ya calvos amigos de la adolescencia.
Alfredo le puso bastante interés y entusiasmo al tema, pues también estaba presionado por algunas responsabilidades colegiales incumplidas y la pérdida/robo/secuestro de tres de sus cinco cuadernos de clases y que para colmo había llenado de poesía sus dos ejemplares restantes que de atrasados tenían poco (porque estaban vacíos). Él estaba completamente perdido por Laura y era en honor a ella y su nombre por quien había llenado sus cuadernos vacíos del año escolar.
La playa se presentaba como la mejor reunión de despedida para Carlos, debido a que se iba a Estados Unidos habiendo aprobado satisfactoriamente todos los ciclos de inglés en el Instituto, aunque lo mismo no se podía decir de la currícula escolar, y todo por cumplir el único sueño que le valía la pena hasta ese momento: encontrarse con su mamá, a quien extrañaba desde sus ocho años en que ella partió a Norteamérica a buscar el dinero que ya no encontraba en su suelo patrio.
Alfredo entrañaba en sí mismo, encontrar en las olas una respuesta para acercársele a Laura, la amaba con todas sus fuerzas, aunque ella no lo supiera realmente. Carlos y Cinthia eran así como el estándar de enamorados de la secundaria, el prototipo de relación de la que partían la mayoría de relaciones en el salón, sin embargo fue la única que sobrevivió aún después de la promoción y la distancia de la residencia de Carlos en los “yunaites” donde tanta rubia angloparlante de seguro le hizo voltear los ojos y perder los estribos en alguna oportunidad.
Luis había empezado a desvelarse por Sandra casi un par de meses antes inexplicablemente y cayó de bruces (figurativamente hablando) cuando Carlos y Alfredo le aseguraron haber detectado en Sandra amor escondido por él. El amor lo volvió estúpido, su mirada se había tornado somnolienta por el constante desvelo pensando en Sandra y no faltaba oportunidad  en que lo sorprendían observándola; igual que Alfredo cuando miraba a Laura, sólo que su tormento había empezado un año atrás cuando encontró en ella algo que jamás antes había visto, algo más que físico, sabrá Dios qué le vería después de haberla conocido en la edad en que dejaba la niñez, para ser muy buenos amigos y sin pensar en amor porque tal vez eso causaba algo de repulsión y miedo.
Sólo Carlos superó a los catorce años esa repulsión, comenzando por Lucía, Camila y finalmente con Cinthia. Luis por su parte estuvo con Akemi, una chica de ascendencia japonesa que vivía en su barrio y que había heredado los mejores atributos de la gente de la tierra del sol naciente; había obnubilado su vida y fue una relación fluida hasta que los azares de la vida los separaron para nunca más volver a entablar relación alguna. Caso contrario fue el de Alfredo que habiendo perdido la repulsión, no pudo vencer el cagón miedo que le tenía a entablar relaciones (aún amicales) con chicas; sin embargo con Laura se formó un sentimiento dentro de él que permanecía a pesar de sus temores.
El mar lucía bastante amarillento ese día, eran aproximadamente las 4 de la tarde cuando llegaron a la playa y se podía sentir la quemadura del sol en sus rostros mirando hacia las aguas del Pacífico alborotado. Luis fue el primero en sacarse el polo y quedarse en bermuda para correr hacia las olas. Se sumergió. Alfredo y Carlos lo siguieron, pero ni bien sintieron el agua, se les coló un espantoso frío helado hasta por las falanges de sus dedos.
Cuando regresaban en las bicicletas por la carretera, Alfredo estaba decidido a una sola cosa en el mundo, Carlos y Luis lo habían convencido de que el amor no se puede escapar de las manos, que los caminos de la vida nos dan la oportunidad una sola vez, que si no le decía a Laura siempre viviría con la duda si ella lo amó, y cientos de argumentos llenos de una certeza ambigua que al final Alfredo no pudo contradecir. Al día siguiente, de pie y frente a Laura (casi en posición militar), le disparó a quemarropa una sola frase que constituía la oración más complicada de articular para Alfredo en esos tiempos: “Te amo”.
La playa estaba limpia, como nunca pues la mayoría de veces no faltaba uno que otro desperdicio yaciente en las arenas; y se pusieron a charlar de tantos asuntos que a los tres, aún juntos, les sería imposible recordar todos los temas que abordaron esa tarde en que las olas se apreciaban suaves y serenas. Los tres habían llegado y sólo Luis le encontró placer a bañarse en el agua helada, mientras que Carlos y Alfredo, sólo se quedaron mirando el horizonte después de que se corrieron del frío. Cuando Luis salió por fin se sentó coincidentemente en semicírculo para dar espacio a la presencia del sol sentarse frente a ellos. De seguro hablaron de los trabajos inconclusos y sin presentar, de lo cruel que podía ser la profesora de matemáticas, tal vez del sinsentido de estudiar trigonometría cuando uno pensaba estudiar periodismo, el otro estudiaría alguna carrera que le vendan en el extranjero y por el último otro quería salir para trabajar en cualquier cosa. Charlaron, por sobre eso, del amor. Hablaron de Sandra, Laura y Cinthia; hablaron de las situaciones engorrosas que los llevaron a enamorarse de quien menos creían que podían hacerlo. Se sumieron tanto en la conversación que cada uno se atribuyó la autoridad de dar recomendaciones cuando cada quien tenía menos experiencia que el otro.
Así llegaron al punto, antes de partir a casa, en que Carlos y Alfredo coaccionaron a Luis para que se declarase a Sandra, cosa en la que no dejaría de pensar mientras pedaleaba alejándose de la playa, se sentía comprometido ya no con sus amigos sino consigo mismo, tenía que decírselo de todos modos en algún momento; entre Luis y Carlos presionaron a Alfredo a dejarse de esa cojudez de estar corriéndose de las mujeres y que por fin le diga a Laura lo que siente, en la carretera pensaría en eso hasta el cansancio tanto que no pudo dormir gran parte de la noche y ni el mismo sabe, porque no se acuerda, cómo llego al colegio el día siguiente; Alfredo y Luis recomendaron a Carlos miles de fórmulas para hacerle saber a Cinthia que partía a Estados Unidos, porque aunque ya era anunciado su viaje, Cinthia no se imaginaba que tan sólo en un mes estaría de pie en el aeropuerto de la ciudad levantándole la mano a un avión que se llevaba al chico que en el futuro sería el hombre de su vida.
Finalmente, la tarde del día siguiente, sólo faltaba que Carlos cumpla con lo pactado en la playa; estaba con Cinthia en el parque de un barrio que no era el suyo ni el de ella, para reducir el riesgo de ser atrapados por don Diego, el padre de Cinthia (personaje curioso que en el futuro sería más amigo de Carlos que de su propia hija) y le anunció de la forma más grotesca y desproporcionada que sólo faltaban treinta días para no volver a estar cerca en mucho tiempo, nunca habían pasado más de un fin de semana separados, desobedeció completamente los consejos de sus amigos que de seguro lastimarían menos cualquier susceptibilidad. En los siguientes treinta minutos sólo se escucho el llanto inconsolable e incansable de Cinthia en aquel parque. Lloraba nerviosa mientras intentaba besar a su amado como si se lo fueran a arrebatar en ese momento.
Luis, en la mañana, le dijo a Sandra lo mucho que la quería; nunca antes ni después en sus vidas entablaron más relación que la amical, y aunque en la fiesta de promoción fueron pareja, Sandra nunca dio visos de haber sentido algo más por Luis ni antes ni en ese momento. Lo que sus amigos habían considerado pistas irrefutables no eran más que percepciones subjetivas y muy jaladas de los cabellos para hacer creer a Luis que Sandra estaba enamorada de él, jamás lo hicieron con mala intención… Tres años después Alfredo encontró a Sandra y ella le presentó un pequeño niño de apenas dos meses de nacido como su hijo con un tipo algo mayor que conoció en algún trajín del trabajo no mucho tiempo atrás.
Alfredo, poco antes que Luis, se paró frente a Laura; ella se sintió incómoda de inmediato, le llamó la atención la última actitud que estaba tomando Alfredo, no se lo esperaba cuando ella un segundo antes también se había puesto de pie; vio a Alfredo demasiado cerca, era más que de costumbre, pudo sentir un escalofrío que recorrió vértebra por vértebra toda su columna. Finalmente no supo qué hacer cuando Alfredo después de casi veinte segundos de mirarla de frente y balbucear algunas cosas le dijo que la amaba. Y hoy, 6 años después de aquella reunión en la playa, los tres amigos no se han vuelto a reunir; ojalá esta historia sirva para que un punto de sus caminos se cruce.

20 de septiembre de 2011

ÚLTIMA VEZ

Cuando salió de la cama, Humberto se dirigió directamente a la computadora y se sentó a escribirle lo que sería la última canción que le dedicaría a Diana; al terminar de componer la letra se dio cuenta que era la canción más triste que pudo escribir y cogió su guitarra para elegir cada nota con la que se vestirían sus versos. Tenía que ser una música más o menos alegre de modo que desembarace la nostalgia contenida en la letra.
Sólo le tomó dos horas crear su composición para darse cuenta que esa canción debía estrenarse nada más y nada menos que en la fiesta de colación de ese mismo día, a la que había sido invitado con su banda para amenizar la ceremonia. Diana estaría recibiendo su cartón de administradora en negocios internacionales mientras que él ya había recibido hace algunos meses el de músico profesional en la única universidad en la que dan ese título. La banda “Radikal” ya se había presentado en incontables oportunidades por intermediación de Diana, pero esta vez había sido la misma facultad quien lo había invitado; sería una sorpresa para ella, la última sorpresa contando la canción recién concebida y que sólo necesitaba de su voz y su guitarra. Ya llevaban dos semanas separados y él tenía recién dos días de sobriedad desde que terminaron.
Media hora antes se encontraba con sus amigos convenciéndolos de dejarlo tocar la canción; sería así la última vez en que les pediría un favor para la infructífera reconquista que había emprendido. Tocarían una canción de los españoles de “Extremoduro” y otra de “Nirvana” (olvidé decir que “Radikal” era un grupo de nü metal tirado últimamente al post grunge), luego tocarían una de ellos y sólo al final cantaría la canción aún anónima.
Las dos latas de bebida energizante que se tomó antes del concierto no fueron suficientes para agilizar su mente; estaba viéndola muy fijo mientras su corazón latía más fuerte, quién sabe por los energizantes o por los sentimientos. Cuando entró en el escenario del auditorio principal de la universidad, Diana no reaccionó más que a verlo inmutablemente mientras que él por fin en un arranque de profesionalismo dejó de mirarla para fijarse en su guitarra acústica (o de palo, como lo llamaba su abuelo quien en sus años mozos gustaba de ponerse a tocarla en los bares de gente criolla).
Para quienes conocemos a Humberto, o Beto como lo llamábamos en el grupo, sabíamos que amaba más que a nada en el mundo a Diana, pero también sabíamos que ese mismo amor lo estaba empujando a que esa sea en verdad la última canción escrita para ella si la situación así lo ameritaba. Desde que conversó con nosotros en el previo al concierto yo voté en contra de la presentación improvisada de la pieza, no por mala, su estructura musical era formidable aunque más parecía una balada pop; se podía desentrañar cierta influencia de “Ill Niño” en su composición, si le hubiéramos puesto las guitarras eléctricas y la batería acompañadas de las tumbas hubiera sonado como si fuera un cover de ellos. Pero voté en contra sólo por no darle gusto, ya había pasado semana y media borracho y pensé que eso sólo acentuaría su estado autodestructivo. No pude más, accedí por cansancio y sólo por darle unanimidad.
Él dejó de mirarla para empezar a tocar y eso me alentó a pensar que no nos equivocamos que merecía cantarla para que se deshaga del dolor. Empezamos haciendo rugir las guitarras; “Extremoduro” le hacía honor a su nombre, tocando “Smells…” no le bajamos el tono. Pronto sonó la nuestra fingiendo que sería la última. Parecía que Beto no conocía a nadie en el público, incluso parecía que no conocía a Diana; lo vi como dos años atrás cuando creamos la banda, inmerso en el sentimiento musical.
Nos pedían otra y él no se sintió animado a que cantarla por el pedido de la gente, así que nos reunimos muy raudamente en el sitio del baterista y acordamos cantar la más comercial de Korn, “Freak on a leash”. Después algo nervioso y antes de que alguien pudiera alzar la voz para pedir una más él ofreció la canción a la que le puso un título simple: Alma.
Y sonó, acorde por acorde, la intro de su canción; y empezó a cantarla, a cantarle a Diana, a cantarle a toda mujer que ha abandonado a su hombre sin darle las más mínimas explicaciones, pero no sólo a cantarle a Diana, sino al alma de Diana. Creo que por eso le puso el nombre porque ya no era para ella, sino para su sustancia metafísica. A la segunda sílaba que pronunció le aporte el bajo, parecía que yo también conocía esa canción.
Aunque la letra nunca tuvo nada de especial, esa noche sonó maravillosa; esa noche, por última vez tocó una canción que le hiciera brotar lágrimas.
Al salir del escenario lo abracé y él me abrazó, me dio las gracias y cogió la guitarra para decirnos a todos que debíamos irnos al estacionamiento del padre de Gonzalo para dejar los instrumentos. Salimos del auditorio por la puerta falsa y cuando estábamos por tomar el taxi la voz delgada de Diana llegó como un escalofrío para todos nosotros, incluso para Beto.
Yo cogí su guitarra y le dije con la mirada y un movimiento de cabeza que vaya. Nos subimos al taxi que Gonzalo había llamado y nos desaparecimos del marco silencioso que formaron mirándose.
Humberto bajó la mirada al suelo sin decir nada y Diana se quedó estática. La lluvia como proyección de las almas de Humberto y Diana cayó, y cayeron las gotas como las lágrimas que corrieron por el rostro de él mientras cantaba, era apenas una llovizna que muy pronto se convirtió en el beso que los unió.